El largo viaje de los restos del apóstol Santiago hasta su tumba en Compostela

El 1 de noviembre de 1884, el Papa León XIII promulgó la bula Deus Omnipotens, mediante la cual declaró auténticas las reliquias halladas

Miles de peregrinos visitan cada año la tumba del apóstol Santiago en la cripta de la Catedral de Santiago de Compostela. Abrazar la imagen del santo y rezar ante su sepulcro, constituye, para muchos, la culminación del Camino de Santiago.

Sin embargo, los restos del Patrón de España no siempre descansaron bajo el altar mayor de la basílica compostelana. Antes de llegar allí protagonizaron un largo periplo, a medio camino entre la historia y la tradición, que se prolongó durante siglos.

Según narran los Hechos de los Apóstoles, Santiago el Mayor fue el primer apóstol en sufrir el martirio. En torno al año 44 d. C. fue decapitado en Jerusalén por orden del rey Herodes Agripa I a causa de su predicación cristiana. El Nuevo Testamento lo relata así: «En aquel tiempo prendió el rey Herodes a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan».

La tradición sostiene que, cuando iba a ser enterrado en Palestina, dos de sus discípulos, Teodoro y Atanasio, rescataron su cuerpo para trasladarlo al lugar donde el apóstol había expresado su deseo de reposar: la antigua Galleacia, en Hispania.

Así, embarcaron con el cadáver en Palestina, atravesaron el Mediterráneo y el Atlántico, remontaron la ría de Arousa y desembarcaron en Iria Flavia, la actual localidad de Padrón.

Fachada de la Iglesia de Santa María en Iria Flavia, Padrón, Galicia, España

Fachada de la Iglesia de Santa María en Iria Flavia, Padrón, Galicia, EspañaWikimedia Commons

Aunque este episodio pertenece a la tradición jacobea, ya en el siglo IX existían testimonios escritos que situaban el sepulcro del apóstol en tierras hispanas. El Martirologio de Floro de Lyon, por ejemplo, al recordar la festividad del 25 de julio, afirma que «los sagrados huesos del Apóstol, trasladados a España y guardados en los últimos de sus confines, es decir, frente al mar británico, son venerados por la muy célebre piedad de aquellas gentes».

Pero esta travesía marítima fue solo el comienzo de las dificultades. La tradición advierte que Gallaecia estaba gobernada por la reina pagana Lupa, quien veía con recelo a los cristianos. Para impedir que el apóstol fuera enterrado en sus dominios, intentó engañar a sus discípulos ordenándoles que transportaran el cuerpo con unos toros bravos en lugar de bueyes mansos.

Para sorpresa de la reina, los animales se amansaron al acercarse al cadáver de Santiago e impresionada por el milagro, Lupa terminó convirtiéndose al cristianismo.

Tras estos acontecimientos, el cuerpo del apóstol fue depositado en una sencilla sepultura de piedra –la conocida como Arca Marmárica– en un lugar que con el tiempo daría origen a Santiago de Compostela. Sus discípulos permanecieron custodiando el sepulcro y, tras su muerte, fueron enterrados junto a él. Con el paso de los siglos, sin embargo, el lugar cayó en el olvido.

La lluvia de estrellas

La tradición sitúa el redescubrimiento de la tumba a comienzos del siglo IX cuando, hacia el año 823, el ermitaño Pelayo observó durante varias noches una misteriosa lluvia de estrellas que parecía señalar siempre el mismo lugar. Tras un sueño en el que, según la leyenda, el propio apóstol le revelaba el emplazamiento de su sepulcro, el ermitaño avisó al obispo de Iria Flavia, Teodomiro. Ambos acudieron al lugar indicado y hallaron la antigua tumba de Santiago.

La noticia llegó hasta el rey Alfonso II de Asturias, quien viajó desde Oviedo para comprobar personalmente el hallazgo. Con ello pasó a la historia como el primer peregrino jacobeo.

Convencido de la autenticidad del descubrimiento, ordenó levantar una iglesia sobre el sepulcro, origen del futuro santuario compostelano: el hallazgo se difundió rápidamente por toda la Europa cristiana.

Miles de peregrinos comenzaron a recorrer los caminos que conducían hasta Compostela para venerar los restos del apóstol. Durante los siglos XI y XII el fenómeno alcanzó su máximo esplendor, convirtiendo el Camino de Santiago en una de las grandes rutas de peregrinación de la Cristiandad. La consagración de la actual catedral en 1211 simbolizó el apogeo de esa edad de oro.

El temor al ataque del pirata Drake

Los restos de Santiago el Mayor parecían haber encontrado un descanso definitivo; sin embargo, a finales del siglo XVI una nueva amenaza obligó a esconderlos. En 1589, durante la expedición inglesa comandada por el pirada Francis Drake contra las costas gallegas, el ataque a La Coruña hizo temer que Compostela pudiera correr la misma suerte.

Para evitar una posible profanación, el cabildo de la catedral decidió ocultar en secreto las reliquias del apóstol en un lugar desconocido del templo. Su ubicación quedó tan bien guardada que, con el paso del tiempo, terminó olvidándose.

No sería hasta el siglo XIX cuando el cardenal Miguel Payá impulsó una campaña de búsqueda sistemática de los restos. Tras varias excavaciones aparecieron unos huesos en una pequeña capilla situada detrás del altar mayor.

Este hallazgo dio lugar a una investigación encargada a varios especialistas, quienes concluyeron que aquellos restos podían responder a Santiago y a sus discípulos Teodoro y Atanasio.

Hallazgo de los restos del Apóstol Santiago

Hallazgo de los restos del Apóstol Santiago

Finalmente, el 1 de noviembre de 1884, el Papa León XIII promulgó la bula Deus Omnipotens, mediante la cual declaró auténticas las reliquias halladas. Con ello, no solo confirmaba oficialmente su identificación, sino que invitó a los fieles a peregrinar de nuevo a Compostela y declaró 1885 Año Jubilar extraordinario, impulsando así un renacimiento de la peregrinación jacobea que, más de un siglo después, sigue atrayendo a millones de personas de todo el mundo.