El Madrid se sobrepone

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Es difícil sorprender al Madrid en Champions. Ni marcando antes, ni jugando bien. Es un equipo con oleadas sucesivas, varios idiomas y alguna jerga (¿en qué habla Casemiro en estos partidos de alto nivel?).

Frente a la tribuna de prensa, los hinchas del Nápoles se iban pasando unos a otros la bufanda “Odio la Juve” para hacerse con ella el selfi en el Bernabéu. La fobia a la Juventus es uno de los rasgos del Nápoles, otro es estar bajo la admonición divina de Maradona, presente todo el día en Madrid como un problema filosófico y una estrella del rock en descomposición. Maradona impugna con su sola presencia la mayoría de los valores de la FIFA, la UEFA y toda política deportiva.

La capacidad de despertar idolatrías meridionales que tiene Maradona -su condición de semidiós en eterna caída- daba que pensar. Se temía que pudiera ser prohibido por populista e interceptado por alguna patrulla tertuliana.

Entre revolucionario, incoherente caribeño, populista zurdo, y sospechoso de trifulcas conyugales… ¿en qué equipo español jugaría Maradona?

A los taxistas madrileños les habían avisado: ojo en las cercanías del Bernabéu, billetes de euros falsos

Salió el Madrid con presión arriba, presumiendo de ritmo y de competición y Benzema tuvo una ocasión a los 20 segundos que el simpático y voluminoso Reina detuvo bien.

Tras esos apurillos iniciales, puramente ambientales, el Nápoles comenzó a enseñar una triangulación estupenda, se diría sin riesgo a ser cursi que casi preciosa.

Es un equipo muy bien pensado por Sarri. Insigne y Callejón abren el campo y trabajan la banda, y Hamsik, que es el goleador, hace de medio, y Mertens, que está de 9, toca y se mueve como un medio llegador de espaldas. El resultado eran situaciones de superioridad en la media con cinco hombres claros.

La relación de Hamsik con los «pequeños» del ataque es digna de ver. Él dirige la presión, se mueve a su antojo, y se apoya constantemente en los demás, sobre todo en Mertens, que la jugaba rápido al primer toque. Ese dentro-fuera de los dos fue un constante destrozo para el Madrid.

El equivalente suyo en ataque era la movilidad elegante, pero obstinada, de Benzema, que en estos partidos parece un noble vestido para cazar el zorro, o un Nabokov con cazamariposas. Además del gol llegó a las ocasiones y dirigió la primera verbalización del Madrid con sus movimientos y primeros toques. El “papá” del Madrid siempre lo dice él.

Uno de los movimientos napolitanos por el centro provocó el gol en el minuto 7. Hamsik metió un balón interior (Mertens había echado antes la bomba de humo) e Insigne, el brevilíneo, llegó al hueco y se encontró sin defensa y ante Keylor, muy lejos del rival para el mano a mano y tan lejos de la cal como para dejar ángulos abiertos en su portería.

Fallo colectivo por el centro, pero también fallo de Keylor, que desatendió esos ángulos, esos flancos del portero que son la portería instintiva.

El Madrid reaccionó con esa conseguida mezcla casi oficial de casta y responsabilidad, tan habitual que parece algo burocrático. En el 11 Benzema llegó forzado a un balón de Cristiano y lo remató un poco a su modo de chantilly.

En esa pleamar del Madrid se iba a ver lo que era el Nápoles, y resultó un equipo magnífico. Inquietó mucho su juego de toque rápido, nervioso, buscando siempre la flotación arriba para sorprender llegando. Un juego casi gracioso porque intenta siempe un espacio, la atracción primero y la sorpresa después. Tenía eso algo de pillería mecánica, de ardid que el Madrid fue controlando en la media. Primero con Casemiro, después con el resto del sistema defensivo más o menos organizado.

En el 17, empató Benzema de cabeza tras pase exterior de Carvajal. Entre uno y otro, Albiol dio un salto insuficiente.

A partir del minuto 20, el Madrid se asentó, sin llegar nunca a jugar bien. Aprendido el movimiento del Nápoles, comenzó a asegurar la posición, a hacer un juego muy exterior, con una participación progresiva de Modric que se tuvo que notar. En el 27 le dio un pase claro a Cristiano, que remató alto.

En el 41, inició la mejor jugada local en la primera parte. Bajó a esclarecer la salida del balón, abrió a Carvajal, este a Cristiano y todo llegó trenzado a Benzema, que la llevó hasta el palo.

Esos instantes con Modric fueron lo mejor de un Madrid que aún no había conquistado la franja central del campo y que tampoco entraba por la zona exterior. Lo suyo era, digamos, el interior prudente de las bandas. Y le bastaba.

Se notó, quizás, cierta lentitud en los de arriba.

Así que serían los de la media los encargados de resolver. Nada más regresar del descanso, Cristiano desbordó como extremo y dejó el balón para la llegada perfecta de Kroos. El Madrid se había endurecido. Casemiro ya mandaba en su zona y de Hamsik dejaron de salir líneas de pase como crestas punkis en todas direcciones.

El Madrid comenzó a batir su ritmo de Champions, esa tortura ritual para los rivales.

Y en el 53, un balón muerto al borde del área lo empaló Casemiro para sorpresa de todos.

El Madrid ya había llevado al Nápoles al alambre de la eliminatoria y quedaba aún el «Mortirolo» de los «minutos longos».

El Madrid tiene algo que quizás no tenga ningún otro equipo. Contiene varios partidos, varias versiones. Hay tres o cuatro equipos en uno y es muy difícil que alguno de ellos no responda. A la altura del 60, cuando los otros se cansan y empiezan a repetirse, el Madrid entra en calor.

Para sus rivales, los partidos tienen zonas desconocidas, territorios que pisan por primera vez. El Madrid tiene cartografiados los 90 minutos, una memoria genética de cada minuto. Sabe todo lo que da de sí un partido.

En defensa ya no sufrió igual. Se apelmazó, se solidarizó, con Kroos y Modric muy cerca de un reinante Casemiro. Solo hubo peligro en el 67, cuando Mertens desaprovechó una buena dejada de Callejón. El Nápoles se quedó sin espacios.

Tendría el Madrid todavía un momento de flaqueza a la altura del 80: una larga combinación italiana que acabó en gol anulado.

El final lo jugó con la pareja Lucas-Morata, así que el cuarto estuvo rondando. La eliminatoria, sin embargo, queda abierta para su vuelta en Italia, donde un Nápoles similar (aunque más dialectal) encontrará otro Madrid múltiple.

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